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    Shaigon o HoChiMinh (fin)

    Pues vaya, con este retraso a la hora de escribir se me va a juntar Vietnam con el próximo viaje….

    Como decía, llegamos casi de noche, con escaso tiempo para cambiarnos y salir a cenar al “Ancient Town”. No lo recuerdo ahora, pero pondría la mano en el fuego porque el menú fue el típico de todos los días con su sopa, ternera, rollitos y demás. Luego, viendo que había más ambiente aquí que en Hanoi, nos animamos a ir a tomar algo. El sitio elegido fue el “Apocalipsys Now”, que quedaba cerca del hotel. Antes habíamos pasado por el “patxaran”, en el que nos encontramos con el dueño y otros españoles que vivían allí, y nos pusieron un poco al día sobre la ciudad. Bueno, el Apocalypsis estaba animado, pero sin pasarse. Sólo estaba abierto el piso inferior y la terraza, y el ambiente era tranquilo. Tomamos un par de cervezas y casi todos nos volvimos luego al hotel. Los que se quedaron, una vez desaparecidas las mujeres del grupo, sufrieron el acoso de las lugareñas, pero mientras estábamos en grupo nos respetaban. Al llegar nosostros al hotel, un Sheraton, preguntamos si podíamos quedarnos a tocar un rato el piano y un contrabajo que había, pero nos debieron ver cara de borrachos y nos mandaron para arriba.

    Al día siguiente tocaba la excursión a Cu Chi, zona de guerra en plena selva vietnamita cuya característica principal son los 200 kilómetros de túneles construidos por los locales durante la guerra que les permitieron sobrevivir y a la larga derrotar a los yankis. La verdad es que acojona simplemente la idea de sobrevivir durante años viviendo en túneles, y ya cuando entras en uno de ellos no te puedes explicar como lo hicieron. Pero lo hicieron, y gracias a ello ganaron la guerra. Bueno, gracias a estos túneles y a sus valientes soldados que combatían al enemigo invasor con la intención de conseguir el máximo reconocimiento de la época: “combatiente valiente aniquilador de yankis”. Era muy divertido el vídeo educativo que nos pusieron antes de iniciar la travesía por la selva, y desde luego esa frase fue la mejor de todas.

    En la travesía guiada por caminos de los que era recomendable no salirse, ya que había todavía minas sin explotar por la selva, fuimos viendo restos de bombas B52, las trampas que utilizaban los vietnamitas, un tanque destruido y capturado al enemigo invasor y muestras de como (sobre)vivían en la época. Por supuesto, nada de mosquitos y tonterías de esas que nos habían advertido.

    Después de comer vuelta a Ho Chi Minh (antigua Saigon) para tarde de visita al mercadillo y alrededores, porque lo que es pasear por la ciudad sin ánimo de comprar no se llevaba. No íbamos a dejar todo para el último día, así que un par de camisetas tuve que comprar para poder cambiarme, ya que había agotado mis reservas de camisetas limpias. Y también unos zapatos. Luego vuelta al hotel, ducha y a la cena de despedida en el restaurante Nam Kha, con boikot incluido de 15 minutos de retraso (que no 16, que por llegar un minuto tarde nos dejaron tirados a los hermanos). La cena estuvo bien, amenizada con bailes y músicas regionales. Y lo mejor, lo que estaba por llegar.

    Al salir de la cena, todo el mundo (salvo los portugueses, claro) al bar/restaurante Patxaran. Bueno, bar…. cuatro plantas distintas, con terraza en el ático incluida. Nada más llegar, un par de platos de jamón para los que apenas probaban la comida vientamita exceptuando el arroz, y sobre todo vino, mucho vino. Los hermanos nos pedimos un par de patxaranes como dios manda, que eso viste mucho y Salinas seguro que se siente orgulloso de mí. Di que Jose se bebió de trago la mitad del mío, antes de tomarse otros dos (me recordó a Salinas, de hecho). Así que sobre todo le di al vino, mucho vino. Teníamos música en vivo, con un grupo de versiones de rock americano, pero conseguimos que Anaia saliera a tocar y se acabó lo americano. Con él al mando tocaron Correcaminos (Extremoduro) y luego Sin Documentos de los Rodriguez (aunque aquí, claro, sin riff quedó menos lucida). Infructuosamente intenté cantar un poco de sin documentos, pero debía estar muy pedo y era incapaz de recordar la letra…. En fin, una lástima que ya se estaba despidiendo la banda y no se quedaron más, y que tampoco había una puta guitarra en el bar. ¿Qué tipo de bar español es uno en el que no hay una triste guitarra española para los turistas?

    En fin, de vuelta al hotel (algunos, porque otro grupeto se fue al Apocalypsis) nos sentamos directamente los hermanos en el piano y el contrabajo, y empezamos a tocar sin pedir permiso ni nada, ya nos echarán. Y de heho vinieron a echarnos, pero como ya habíamos empezado a tocar y tampoco debía sonar demasiado mal, nos dejaron seguir. Y ahí que seguimos durante un buen ratico, con Jose a la percusión acompañando, hasta que nos cansamos y nos retiramos un día más. De todas formas, a esas horas es imprescindible una copa encima del piano, mi mano iba a buscarla.

    En fin, el jueves era el último día, así que aprovechamos para salir a las compras de última hora, con visita previa al supermercado para verlo (un clásico para mi, siempre que se puede) y comprar algunas cosillas como café y cerveza. Luego los precavidos cartaginenses que tenían ya todo acabado con las mochilas que habíamos comprado a primera hora, se fueron a darse unos masajes (¡cabrones!) de los que hablaban maravillas luego. Anaia había quedado con una música vietnamieta de las que habían estado tocando en la cena anterior para ir a ver si compraba un instrumento típico de allí (o eso dijo él…). Así que yo, con los 6 o 7 fortasecs que llevaba en el cuerpo, me fui a terminar mis compras solito, aunque no me costó encontrar a los de Cieza, los galegos o incluso los bejaranos. Poco quedaba por comprar, de todas formas. Pero aún así, me quedé con Carlos, uno de los de Bejar, lo suficiente para llegar justo en el último minuto para terminar la maleta.

    Comimos en un rodizio brasileño camino del aeropuerto, lo que mucha gente agradeció (carne variada para elegir!!!), pero que no creo que sea lo más típico de Vietnam. Y luego a iniciar el suplicio de la vuelta, que terminaría cuando entramos en casa a eso de las ocho de la tarde del viernes. Y sin maletas, que llegaron con retraso y nos las mandaron el sábado por la mañana (encima despertándome). Pero llegamos, que es lo importante, y encantados del viaje, por el país, por la gente con la que hemos estado, y sobre todo por lo que nos hemos reido y lo bien que nos lo hemos pasado.

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