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    Nha Trang (o sea, 2ª parte de las vacaciones vietnamitas)

    Era día 5, recuerdo. Bueno, más bien he tenido que revisarlo. El tiempo ya estaba de cambio en Hanoi, como para ir preparándonos para el sofoco que nos esperaba para darnos la bienvenida en el aeropuerto de Nha Trang. Algo mejor que el “aeropuerto” en medio de la sabana keniana que visitamos el año pasado, pero tampoco para echar cohetes, y menos si quieren convertirse en destino turístico de primer orden, para lo que están dando pasitos poco a poco (el mes que viene se celebra allí Miss Universo, por ejemplo).

    Nha Trang es una isla rodeada de varias islas, y nuestro hotel estaba situado en una de estas islas. Básicamente estaba nuestro hotel y un gran parque de atracciones, que no llegamos a pisar. Total, para marearme y pasarlo mal…. Estaba unido a la isla principal por un servicio continuo de barcos, y también por el teleférico sobre el mar más largo del mundo. No creo que sea la mejor forma de gastar el dinero para “publicitiar” un destino, pero cada uno hace con su dinero lo que quiere.

    En fin, que llegamos ya anocheciendo, y menos mal que la piscina no la cerraban de noche y pudimos darnos un baño nada más llegar. Luego hacer un poco de hambre con una cervecita (la primera 333 o BaBaBa!) y después la cena buffet, en la que por lo menos pudimos probar algunas cosas más autóctonas, aunque sin pasarse de excentricidades. Y después a la discoteca del hotel (estábamos abandonados en una isla, no había muchas opciones) donde tomamos un par de copas mientras veíamos un concierto en directo con algunos rusos borrachos. Había muchos rusos en la isla, supongo que será como el Caribe para nosotros, en cuanto a destino de playa a una distancia media. Al salir de la discoteca había un piano de cola, y a pesar de lo escaso del alcohol en sangre en ese momento, el magnetismo del piano de cola pudo más que mi timidez y estuve tocando un ratico corto para los murcianos y galegos. El resto de días se cumplió el famoso axioma de McRupperstein que dice que la carga etílica es proporcional a la destreza musical y el recuerdo de temas medio olvidadados.

    Al día siguiente tocaba visita turística de la isla y alrededores. Primero fuimos a molestar a un pequeño pueblo de pescadores, a dar caramelos a los niños que estaban jugando hasta que llegamos nosotros a fastidiarles con el plan Marshall. Cosas del Vicario, supongo. Aunque algunos nos medio escapamos a la vuelta metiéndonos en el pueblo, atravesando un minicementerio en medio del pueblo y llegando a una playa espectacular. Fuimos luego a hacer un poco de snorkel, y aunque había algo de vida tampoco era para tirar cohetes. Si debía haberla más abajo, ya que había bastante gente buceando. Una pena que no hubiera tiempo, pero bueno, simplemente estar nadando escuchando tu respiración mereció la pena. Y además no tenía yo los oídos demasiado católicos como para bajar 15 metros. Comimos en otra isla distinta, y ya de vuelta a Nha Trang destacaron las torres Ponagar Cham, que están curiosas y me volvieron a traer recuerdos de mi viaje a China hace 10 años, como en Hanoi me los habían traído los templos y los tejados, aparte de la suciedad de las calles y el rostro de la gente, por mucho que Jose se empeñe en que a chinos, vietnamitas, coreanos y japoneses se les distingue fenomenalmente por el lagrimal. Aunque realmente estas torres no tenían nada que ver con lo que ví en Pekin y alrededores; sólo la inclinación de las escaleras. También visitamos el mercado local, o mercadillo más bien, aunque tampoco aproveché para comprar nada. Bueno, miento. Compré una botella de vodka vietnamita, que según Anaia sería capaz de dejarnos ciegos a todos. Alguien más compró una botella de ron, y luego con unas tónicas, cocacolas y fantas o similar (nada más llegar al aeropuerto de Hanoi me tomé ¡una Mirinda!, y no, no era asesina) liamos una estupenda después de cenar.

    En la cena, con el grupo bien formado de españoles de más o menos todas las edades y con un total de unos 14 personajes, ¡jugamos a la abuela! En una versión light, más sencilla que la que yo había jugado, pero curioso de cualquier forma. Lo propuso Pedro, un cuarentón (esto seguro que le jode) de Cieza. Pero lo más curioso es que había uno de Guadalajara que se acercará a los 60 que jugaba ya en las peñas de su pueblo en su juventud. Pues eso, que ahí estuvimos hasta las tantas de charleta alcohólica. Nos dejaron una guitarra, pero Anaia se cargó una cuerda y no hubo manera de arreglar el desaguisado.

    El lunes era día libre, lo que equivalió a dormitar en la playa, bañarnos en el mar de China y hacer el ganso en la piscina. Varios partidos de voley en el agua, un partido de basket, y lo mejor: un 21 con reglas especiales de piscina: salpicar agua a la cara cuando estás demasiado cerca. Muy divertido. Por la tarde, sin tiempo ni a echar una siestecica, partido de futbol. Iba a ser un derbi de la máxima contra los portugueses, pero se rajaron y sólo vinieron 3. Así que jugamos mezclados sobre la arena al atardecer, todo muy poético si no fuera porque todavía tenía la comida en la garganta. Más baños después, tanto en el mar como en la piscina, más voley…. y espaldas quemadas para todo el personal.

    Después del ejercicio, una merecida cena: barbacoa junto a la piscina, con género a triscapellejo. Langostas, vieras, cangrejos (muy buenas las hembras), langostinos, carnes de varios tipos que ni caté, pescados…. Vamos, que nos pusimos las botas. Y después más alcohol y más abuelas. Anaia se quedó jugando un billar con un par de vietnamitas y un bejarano. Tenía mis sospechas de que a los quince minutos se los iban a cargar, pero apareció luego por la habitación.

    Al día siguiente, despedida ya de la playa y rumbo a Saigon / Ho Chi Minh, paramos a comer en una cervecera, donde elaboraban sus propias cervezas: rubia, blanca, roja y negra. Probé todas, y mientras la rubia y la blanca estaban ciertamente malas, la roja tenía su punto y la negra, menos negra que las que conocemos por aquí, también se dejaba beber. Por supuesto probé todas y tripití de la roja. La comida, el típico menú vietnamita conocido hasta la saciedad ya a esas alturas del viaje. Le pediré a Anaia el boceto que hizo del menú, que tiene su gracia.

    Luego tocó esperar en el aeropuerto, algo más preparado para las salidas que para las llegadas, pero con una máquina de aire acondicionado en la sala de espera en lugar de una instalación decente. Pero bueno, tampoco van a ser todo lujos, que para eso ya estaba el hotel. Llegamos muy tarde a Ho Chi Minh, pero ya desde el autobús vimos que no tenía nada que ver con Hanoi. Mucha más vida, muchas más tiendas, mucho más tráfico (que ya es decir). Pero eso será en el último episodio.

    Me olvidé del madrugón para hacer taichi en la playa, que luego fue media hora más tarde y en una sala-gimnasio en lugar de la playa. Aún así, estuvo bien.

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