16. Aviones hasta llegar a Christchurt. Una vez allí, a un bar para cenar algo y ver el mundial. Pedazo de bar el que encontré, uno “de deportes” con pantallas gigantes y grada para sentarse, además de la pista correspondiente junto a la barra, varias televisiones de diferentes tamaños… En fin, que me cené un sandwich con unas cuantas cervezas mientras pasaban por la pantalla el segundo partido del “State of Origin” australiano, el Chile-Honduras que vi con unos argentinos, y el España-Suiza. Total, que de “juerga” hasta las 4.30 de la madrugá, hora local, y eso que venía de levantarme a las 6 (hora australiana, dos menos que aquí) para hacer los pertinentes vuelos Brisbane-Sydney-Auckland-Christchurch.
17. De visita por Christchurch y planificación. Para antes de las 11 ya estaba en la calle, así que más o menos dio tiempo de visitar la ciudad (el tamaño de las ciudades neozelandesas no es equivalente a las australianas, europeas…). Edificios bajos, de dos plantas, lo que hace que parezca más un pueblo que una ciudad. Y la verdad es que da gusto pasear así. Predomina el estilo inglés, mucho parque, un jardín botánico de buen tamaño, un interesante museo natural, con una sugerente exposición sobre las expediciones antárticas. También me vi unas exposiciones de arte maorí, pero no me dio tiempo de ir al museo de arte. Aun así, la conclusión que saqué es que la calidad de vida es bastante alta: las tiendas cierran a las 5, hay animación, buenos restaurantes, la ciudad es bonita, mucho verde, clima menos frío del que me esperaba (en torno a los 10 grados)… Luego dediqué un buen rato a reservar un coche y medio-planificar una ruta para visitar la isla sur en los próximos días. Y de vuelta al hostal un chaval canadiense que estaba en la habitación se apuntó al plan para un par de días. Con todo medio solucionado, me fui a ver el partido de argentina-korea, que había quedado con los argentinos del día anterior, pero… bar lleno! Un bar enorme, y gente fuera (koreanos, que debe haber bastantes) esperando a ver si podían entrar. Y eso que eran las once y media de la noche y que los locales pasan del futbol (ahora menos, que van mejorando), que si llega a ser rugby no me quiero ni imaginar. Total, que me tuve que buscar otra alternativa y acabé en un bar irlandés, menos animado.
18. Tras madrugar, ir a recoger el coche y desayunar algo light, comienza la aventura de conducir por el lado izquierdo de la carretera y sentado en el asiento del copiloto. Menos mal que por lo menos el coche era automático y no ha había que cambiar las marchas con la siniestra, que uno no es Yeste. Mi copiloto es un canadiense de 21 años que ha estado trabajando unos meses en una bodega y ahora tiene un mes para hacer turismo antes de volverse y enfilar otra aventura en otra bodega de San Francisco. Joven pero majo, hablador, así que me viene bien para practicar inglés y hacer los viajes más entretenidos. Aunque para ser sinceros, los viajes en sí son entretenidos, porque el paisaje no deja de asombrar. Arrancamos con desitno Methven y el Monte Hutt, al que se llega subiendo una “carretera” de grava (es grave, doctor? no, es grava, gravilla, que dirían los nuis). Bonitas vistas desde el monte, como no, pero un poco de acojone sabiendo que hay que bajar por donde hemos subido. Unos locos que nos pasaron a toda leche mientras sacábamos unas fotos estaban con el coche pinchado luego. Parada para comer algo (los típicos “pies”, pero leído en inglés que en castellano sonaría caníbal) en Geraldine, y luego directos hacia el lago Tekapo. Simplemente espectacular, rodeado de las montañas nevadas, con un agua azul cristalino, vegetación a los lados, una pequeña iglesia en medio de la nada… Y encima, tras haber hecho la mayoría del viaje con el cielo cubierto por las nubes, al llegar allí éstas habían dejado paso en gran parte a un cielo azul que iba dejando entrever la oscuridad de la noche, que nos pilló llegados ya a Twizel, donde hicimos noche y un par de cañas en la happy hour (que duraba hasta cerrar el bar, a eso de las 9 y pico). El albuergue que encontramos era mezcla de albergue y motel, y parecía más un antiguo psiquiátrico que un hotel, con sus pabellones y demás, y con una temperatura estupenda si eres esquimal, a juego con el exterior, claro. No nos cruzamos con Jack Nicholson en el pasillo de milagro.
Este primer día ya me quedó claro como funciona un poco Nueva Zelanda, al menos en su parte sur: ciudades que no son ciudades sino pueblos, cuya actividad no es que decaiga, sino que desaparece pasadas las 5. Carreteras con dos carriles, uno en cada dirección, ya se llame autopista, nacional , o provincial. Y cuando hay un puente, en el 90% de los casos, estos dos carriles se convierten en uno, y el otro cede el paso hasta que termina de cruzar. Muchas curvas como consecuencia de tantos montes, en muchos casos con ausencia total de arcenes, y protecciones en las curvas y las montañas tirando por lo bajo, como mucho unos palos cada x metros para que se vea por la noche, pero sin protección entre ellos (y el coche pasa bien entre los palos por el precipio, en caso de caída). Tráfico tirando a nulo, salvo en las grandes ciudades. Y aunque esto no me tocó experimentarlo hasta la isla norte, los camioneros son muy de Steven Spielberg, e incluso debieron inspirarle para que hiciera el diablo sobre ruedas, que a la postre es su película de cabecera. Más o menos se puede adelantar siempre (si encuentras a alguien para adelantar, que es lo más difícil), el límite de velocidad es 100 km/h, aunque no creo yo que controlen mucho, y en las curvas avisan de la velocidad recomendada (entre 25 y 95). Cuando estás subiendo una montaña de 3000 metros, o bordeando el mar con un bonito precipio a tu lado, sin arcén ni protecciones de ningún tipo, da un poco de cosica, pero se conduce bien.
19. Madrugón a eso de las 7 para darnos cuenta de que hasta las 8 no amanece. En Australia amanecía pasadas las 6. Tocaba desviarse un poco para acometer el monte Cook, el más alto de Nueva Zelanda con sus casi 4.000 metros. Espectaculares vistas todo el camino, por una carretera que bordea el lago Putaki hasta Aoraki, que es el pueblo base. Poco antes de llegar una oveja se lanzó contra el coche; bueno, había una en la carretera y luego se lanzaron dos cuando esquivaba a la primera. Menos mal que uno es precavido e iba despacito y encima estaba frenando, y la oveja pese a que cayó al suelo se levantó como si nada (bueno, creo que un poco acojonada, pero eso le pasa por no mirar a los dos lados de la carretera antes de cruzar; no sé que tipo de madre habrá tenido que no le ha enseñado estas cosas). Y el coche sin un rasguño. En el centro este me desayuné una bomba de chocolate y almendras impresionante a juego con un capuccino (que es el café que estoy tomando aquí) en el centro Edmun Hillary, quien por lo visto hizo las prácticas en este monte antes de atreverse con el Everest. Por supuesto todos los montes estaban nevados, aunque tuvimos suerte y nos hizo un día estupendo, con cielo despejado, sol y temperaturas muy agradables. Nos atrevimos con una de las rutas sugeridas, de dos horas ida y vuelta por la nieve, aunque todavía lejos del monte Cook. Eso sí, paseo muy agradable (a pesar de los momentos cuasi-caída por el hielo cada dos por tres) y vistas impresionantes. Y que narices, la satisfación de hacer una ruta de ese estilo en plena montaña, con la nieve alrededor… La única consecuencia fue tener que cambiarme de calzado y calcetines al volver al coche, teniendo en cuenta que los dos pares que tengo están ya sin suelas y les entra agua por todos lados. Quería evitar comprar otros hasta la vuelta, pero no sé si lo voy a lograr. Tras un zumito al lado de la chimenea para celebrar el éxito de la expedición, de nuevo al coche rumbo a Queenstown, con parada en un par de las mejores bodegas de la región de Otago, según mi compañero de aventuras, que para eso es el experto. Llegamos a Queenstown para hacer merienda-cena, teniendo en cuenta que no habíamos parado a comer. Así que nos metimos unas pizzas con unas cervezas, luego nos buscamos un hostal, y luego salimos a dar una vuelta por la ciudad, que es la capital de la aventura de Nueva Zelanda, con un lago que hace de sede de todo tipo de locuras acuáticas, y estaciones de esquí en el propio pueblo. Se supone que es la tercera ciudad de Nueva Zelanda, pero a mi me recordó más a un pueblo de montaña estilo Jaca, Andorra… Bonito, edificios bajos, con mucha animiación de jóvenes muy jóvenes y sin dos dedos de frente buscando diversión sin respetar mucho a los demás…. En fin, no es mi estilo.
20. Casey se quedaba en Queenstown donde había quedado con unos amigos, así que a partir de aquí comienza mi aventura en solitario. Por desgracia no me daba tiempo a ir hacia Milford Sound, que debe ser sencillamente espectacular, así que decido dejarlo para mi próxima visita al país y tiro hacia el norte, con paradas en Arrowtown y Wanaka, ciudades que en su día tuvieron su momento de gloria gracias a la búsqueda de oro. En lugar de coger el camino fácil me decidí por la ruta escénica, atravesando montes nevados y viendo paisajes de quitar el hipo. Así como Arrowtown es un pequeño pueblo, Wanaka, situado junto a un lago, tiene algo más de vida y tamaño, aunque la temoprada alta de esquí todavía no había empezado. Siguiendo la carretera del Parque Nacional del Monte Aspiring, llego al anochecer (es decir, las 5 de la tarde) a Haast, donde decido hacer noche. He preferido no conducir de noche para disfrutar de las vistas, ya que son una parte fundamental de este viaje, y la libertad del coche para decidir pararte en cualquier punto, desviarte para hacer una ruta recomendada de media hora, coger la desviación para ir al sitio desde el que están las mejores vistas… en Nueva Zelanda no tiene precio. Así pues, tarde/noche perdida en la ciudad más importante de la costa oeste en nosécuántos kilómetros, pero que a las 8 tiene cerrados los bares, no tiene tiendas ni nada de nada. Vamos, que Cigüenza en invierno tiene mucho más vida que estas “ciudades” neozelandesas en temporada baja. Por suerte llevaba en el portátil el último episodio de flash forward y un par de cómo conocí a vuestra madre, así que entre eso y que a última hora llegaron una pareja de franceses y algo hablamos, se pasó la tarde. Y pronto pacama, claro, que así se madruga al día siguiente.
21. Uno de los puntos álgidos del viaje estaba marcado para hoy: el glaciar de Franz Josef. Una parada en el camino para realizar un recorrido por un bosque con los árboles más antiguos de Nueva Zelanda, y una cortita e infructuosa para ver una colonia de focas, que por lo visto habían quedado con Rufus en casa de Paco y se les había olvidado avisar, así que no estaban en su sitio. Luego una más larga, de un par de horas, en el lago Matheson, que se supone que refleja perfectamente el Monte Cook. Está bien, pero un pelín decepcionante, tampoco es para tanto (supongo que depende mucho del día que haga). Como ya iba justo de tiempo, pasé del glaciar Fox y me centré en el Franz Josef, que es el que tiene la fama. Y me temo que craso error, ya que se me quedó un poco cara de tonto. El glaciar se ve desde lejos, a pesar de que la ruta larga que hice lleva su tiempo, pero te deja digamos al pie del glaciar, y sin poder entrar en él. Además, ¡es muy pequeño! Me esperaba algo mucho más grande, con un color mucho más intenso… Vamos, que creo que actualmente el bueno es el Fox. Y quizá debería haber cogido un tour guiado, que te llevan hasta el mismo glaciar, pero una vez allí no hay opción de contratar nada, hay que hacerlo antes. Total, que primer día que no supera mis espectativas en Nueva Zelanda. Carretera y manta hasta Greymouth, otra de las grandes ciudades del oeste, destino final del tren TranzAlpine, que hace uno de los recorridos más espectaculares del mundo, pero que de vida anda un poco escaso. Por lo menos había un bar irlandés que cerraba algo tarde, y diferentes restaurantes, aunque mi opción fue un rico (fuera coñas, me encantó) taco de pollo a la plancha en salsa de chili suave en Mc.Donald´s. Me gustó, a oscursas eso sí, el edificio del periódico de la región, con la imprenta a la vista. Y como mi idea era levantarme pronto al día siguiente e ir a ver la segunda parte del partido de España al bar irlandés ese mientras desayunaba, a dormir!
22. ¿fútbol? Como que no. ¿Bares abiertos a las siete y pico? Como que no. Lo único abierto para desayunar era el Mc.Donald´s, así que decidí tirar de barritas de cereales y salir pitando de allí antes de que amaneciera, que esperaba un largo camino hasta el objetivo del día: Kaikoura. Cuatro horas y pico de viaje a través de Reefton, Springs Junction y Hammer Springs, aunque no pude parar más que a tomar un café y un pastel (pie) parra llegar a mi objetivo. Paisajes que alternan montañas nevadas con verdes montes llenos de árboles de todo tipo y extensas llanuras. Con mal tiempo casi todo el camino, aunque mejoró al llegar a la costa este. Lamentablemente cuando llegué ya había salido el último barco del día para la excursión en busca de delfines y ballenas, y la opción que me ofrecieron de hacer la búsqueda en avión no me convenció. No sé, no es lo mismo, aunque sea igual. ¿Y si le ofrezco 2? En fin, una pena. No obstante, el pueblo/ciudad en sí muy bonito, con una playa enorme desde la que se ven las montañas nevadas, con muchos restaurantes, muchos pájaros, ambiente relajado… La verdad es que me encantó, una pena lo de las ballenas. Tocaba emprender el camino de vuelta hacia Christchurch, con paradas intermedias en busca de focas, también sin éxito, y algunas playas. En Christchurch tocó planificar un poco la segunda fase de la etapa kiwi, que trajo la decisión de alquilar otro coche para recorrer una menor zona de la isla norte, a fin de tener algo más de tiempo para disfrutar de los sitios. Veremos si lo consigo.
23. De nuevo a madrugar para devolver el coche cerca del aeropuerto (y encontrar el sitio) y coger el vuelo DJ3097 de las 9.40 rumbo a Auckland. ¿Sensaciones de esta primera parte? Impresionante. Cada kilómetro hay una postal esperando. Playas, bosques, lagos, montañas nevadas, montañas sin nevar, a veces algo llano para variar… Probablemente el país más bonito de los que conozco en cuanto a naturaleza, con gente muy agradable, educada y amable, aunque con un inglés peculiar que cuesta (con lo fácil que era entener al canadiense). Pero sobre todo la sensación de que hubiera necesitado más tiempo, de que sólo he visto el paisaje y me he quedado sin vivir las experiencias: ir a ver las ballenas, escalar el glaciar, hacer rafting por algún lado, ciudades o excursiones pendientes (Milford Sound, Dunedin, el norte de la isla sur, más tiempo en Christchurch… Vamos, que también va a tocar volver.